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año 59 de la era ibañez

capítulo 1 - la censura

(por Raúl Suay)


Objetos invisibles

    A Ibáñez, como a todos los de su generación, le tocó convivir con las arbitrarias consignas de la censura del régimen establecido. Si bien es cierto que aquella máxima que reza que “la necesidad agudiza el ingenio” también puede aplicarse en el caso del maestro, tampoco puede negarse que en determinadas ocasiones los elementos contra los que se tenía que capear escapaban al control de uno. Con este panorama, no era raro toparse esporádicamente con viñetas que al parecer no habían pasado el filtro del censor de turno y se presentaban al lector extrañamente mutiladas para salvaguardar la inocencia y pureza de una infancia considerada como altamente impresionable. Adivinar entonces los criterios con los cuales estos funcionarios operaban a la hora de borrar todo objeto considerado moral y éticamente virulento era un misterio tan insondable como lo es para nosotros ahora conjeturar de qué tipo de instrumentos podrían tratarse.
 

Tio Vivo nº 144 (9/XII/1963)


Tio Vivo nº 151 (27/I/1964)

   Los clásicos finales de las historietas ibañezcas están repletos de persecuciones y enajenados personajes que enarbolan toda clase de armas y objetos análogos tales como espadas, granadas, vigas, hachas, cuchillos de sierra, escalpelos, metralletas, cañones… Por ello, resulta extraño el vacío apreciado en sendas últimas viñetas de las páginas publicadas respectivamente en los Tio Vivo 144 (9/XII/1963) y 151 (27/I/1964). Contrastando estos ejemplos con otros de fondo similar llegamos a la conclusión de que el artefacto merecedor de ser eliminado por ser capaz de dejar como trastos inofensivos a todos los anteriores no lo fue tal vez tanto por unas características intrínsecas de crueldad desmedida sino más bien a tenor de ciertas connotaciones sexuales sugeridas por unas más que probables dimensiones fálicas del mismo.


Restauración fortuita

    Si para los tebeos del periodo franquista siempre han sido insuficientes las ocasiones en las que con el paso del tiempo han podido recuperarse en su versión original las obras que la censura había adulterado, esto ha sido aún más inusitado, por no decir nulo, en las historietas de estilo humorístico. Por esta razón, no deja de ser grato que, aunque sólo fuera por mero azar, en una página editada en el número 3 de la revista ‘Bruguelandia’ y que rescataba una aventura originalmente publicada en el número 272 de ‘Tio Vivo’ a mediados de los años 60, no sólo los lectores de MyF nos encontrásemos con una presentación de la misma a todo color y con nueva rotulación, sino que además tuviéramos el privilegio de ver lo que a la generación de 15 años atrás no se le había permitido.


Tio Vivo nº 272 (23/V/1966) y Bruguelandia nº 3 (28/IX/1981)

    La secuencia de viñetas mostrada sobre estas líneas y publicada originalmente en el Tio Vivo nº 272 (23/V/1966) muestra cómo el tamiz censor estropea y dispone una situación que raya lo absurdo. La versión editada en el nº 3 de la revista Bruguelandia (28/IX/1981) recupera -sospechamos que tampoco sin proponérselo- su concepción original, lo cual demuestra que no siempre las mutilaciones que sufrían estas historias eran actos irreparables.

Finales “alternativos”

   Hubo otras ocasiones en que las pautas que la censura marcaba hacían insuficiente la mera eliminación de un determinado objeto considerado pernicioso, pues no sólo éste, sino el conjunto de toda una escena podía llegar a ser tomado excesivamente nocivo para las tiernas mentes de los más pequeños. Era entonces cuando las soluciones que tenían que adoptarse eran de cariz aún más drástico y se optaba por mandar redibujar la viñeta entera a los asalariados de turno, multiplicando así con ello aún más, si cabía, la incoherencia narrativa de las historias. Ibáñez no fue menos en este aspecto y también tuvo que padecer en más de una ocasión los caprichosos juicios de esta insensata práctica que nos ha privado de disfrutar de sus obras en toda su plenitud original, como así ocurrió en el final de la historieta publicada en el Pulgarcito Extra de Verano de 1966.


Pulgarcito Extra Verano 1966 (6/VI/1966)


   En el desarrollo de la historia de 4 páginas publicada en el Pulgarcito Extra de Verano de 1966 (6/VI/1966), la sucesión de calamidades sufridas por la pareja protagonista no hacen augurar un final nada placentero. Por ello, resulta chocante el fuerte contraste que produce la lectura de la última tira de la aventura en comparación con lo visto en las dos inmediatamente anteriores: un final insulsamente cándido, que no viene a cuento y que poco tiene que ver con el característico humor ácido de su autor. Evidentemente, el ojo entrenado sabe distinguir además la autoría apócrifa de las últimas tres viñetas, lo cual hace que nos preguntemos una vez más la razón por la que en las “altas esferas censoras” se consideró conveniente hacer ese cambio de última hora.

¡Eso no se dice!

   De todos es sabido también que la censura podía operar en distintas fases y diversos niveles. Por una parte, no sólo se trataba de una serie de burócratas que ejecutaban instrucciones tan necias en su naturaleza como volubles en su aplicación, sino que las prohibiciones comenzaban, de hecho, en el mismo trabajador, que podía autoimponerse evitar tratar ciertos temas o, en el caso de los historietistas, dibujar según qué cosas. Por otra parte, la censura en los tebeos no sólo se limitaba al aspecto gráfico, sino que su sombra también llegaba con la misma o mayor frecuencia al nivel textual. Sobre este último aspecto, no deja de resultar interesante darse cuenta de que en determinadas historietas a las cuales en un primer pase se les había dado el visto bueno, al ser reeditadas se procedía a modificarles ligeramente algunos términos específicos, seguramente con la argumentación de que estos poseían unas connotaciones que no eran aptas para el público infantil. Así, el atento lector es capaz de descubrir un ejemplo de ello en una historieta de Mortadelo y Filemón si tiene la ocasión de leer la aventura original del Tio Vivo 114 y compararla con su reedición en el Tio Vivo 438.


Tio Vivo nº 114 (13/V/1963) y Tio Vivo nº 438 (28/VII/1969)

   El uso de la palabra “ahorcado” en la publicación original de esta historieta (Tio Vivo 114, 13/V/1963) pasa a ser sustituido por el aséptico término “profundo” en la primera reedición de la misma (Tio Vivo 438, 28/VII/1969). No es difícil suponer que este cambio pudiese obedecer a que se considerara que el primer término poseía una fuerte carga anticristiana o insinuaba una exaltación del suicidio, pues, a fin de cuentas, sólo Dios daba y podía quitar la vida (pese a que, por aquel entonces, los poderes fácticos de la dictadura continuaran ejercitando con no poca hipocresía prácticas de muy similares características).

   Sin embargo, la cosa no termina ahí, ya que, a este respecto, destaca otro caso de carácter tan rocambolesco como ambiguo, donde no se sabe a ciencia cierta si operó la censura, el azar o quizá ambas cosas: Nos referimos a la historieta publicada por vez primera en el Pulgarcito 1894, una típica historia en la cual, un reincidente maleante encarcelado tiempo atrás por Filemón, se fuga de la cárcel con sed de venganza y el pobre agente no hará más que padecer una calamidad tras otra en sus continuos intentos por escapar de la ira del susodicho villano. Hasta ahí todo es de lo más normal, pero sin embargo, cuando años después nos encontramos esta historieta reeditada dentro de la colección Olé! de Bruguera nº 86 (previamente unida de forma artificial mediante viñetas apócrifas a otras historietas) advertimos un pequeño pero significativo cambio en los textos referidos al antagonista de dicha aventura:


Pulgarcito nº 1894 (21/VIII/1967) y OLÉ Bruguera nº 86 (1973)

   Al parecer, el “alias” que eligió Ibáñez para el villano de turno del Pulgarcito 1894 (21/VIII/1967) no sobrevivió a su reedición en la colección Olé! de Bruguera nº 86 (1973), y es fácil pensar que así fuese porque probablemente en su día alguna cabeza pensante concluyó que dicho apodo podía malinterpretarse como un sobrenombre de alto contenido sexual y por ello se decidió que era preferible reemplazarlo por otro seudónimo que, aunque fuera más inofensivo, cabe decir que no por ello resultaba menos jocoso. Igualmente, en todas las reediciones de esta historieta incluidas tanto en los retapados brugueriles de los años siguientes (Magos del Humor XVII; Súper Humor V, Selecciones de Olé 11) como en las primeras colecciones de Ediciones B (Olé 86-M.14, Súper Humor 5) este último mote fue el que se mantuvo, hasta llegar a la colección Olé y Súper Humor actuales (108 y 11, respectivamente), en los cuales vuelve a recuperarse el término original.

   No obstante, esta lectura puede desmoronarse (o no) si tenemos en cuenta un factor cronológicamente prioritario, y es que en realidad, la primera reedición documentada de este episodio la hallamos en el número 10 de la revista de cadencia no siempre regular ‘Súper Tio Vivo’ y el cual hizo su aparición en febrero de 1973. La singularidad de este caso reside en que dicha aventura, en efecto, apareció previamente unida a otra historieta, aunque no se trataba de ninguna de las dos que se podrían ver pocos meses después en el Olé 86, sino otra más moderna, concretamente aparecida en el Pulgarcito 1972. Lo excepcional de este remontaje es que, por una vez, y sin que sirva de precedente, el remaquetador supo otorgarle a la unión de ambas historietas, en principio inconexas, una lógica narrativa tan exacta y creíble que el lector poco familiarizado puede llegar a pensar -con cierta sensatez- que el autor podría haberlo ideado originariamente así, cuando en realidad eso no parece posible si se tiene en cuenta el determinante detalle de que la historieta que aparece en primer lugar se dibujaría año y medio más tarde respecto a la segunda, que viene colocada aquí como continuación de la primera.

   Sabiendo que Ibáñez estructura básicamente sus historietas como una sucesión de 'gags' hilvanados por un mínimo argumento utilizado casi a modo de excusa hasta llegar a un desenlace espectacular, no es difícil deducir que lo que menos puede preocuparle es intentar crear una continuidad coherente entre aventura y aventura, y ésta es la razón por la cual destaca en el Súper Tio Vivo 10 (12/II/1973) la perfecta unión de la historieta originalmente editada en el Pulgarcito 1972 (17/II/1969) como episodio anterior a la aparecida en el ya mencionado Pulgarcito 1894 (21/VIII/1967), pues el avispado maquetador sólo tuvo que ajustar el nombre del villano al que ya se había mencionado en el primer capítulo para hacernos creer que, efectivamente, se trataba del mismo malhechor (pues su apariencia física es, sorprendentemente, prácticamente idéntica) aprovechando, adicionalmente, el factor de que en el final de la primera historieta dicho 'gángster' era apresado por la policía para justificar a continuación su posterior huída al inicio de la segunda. Obsérvese, sin embargo, el sutil cambio de estilo de dibujo entre la primera aventura (de figuras más estilizadas) con la segunda (presas aún de cierta "rechonchez" heredada de un formato apaisado que el autor había abandonado por entonces hacía pocos meses). Siendo conocedores de esta circunstancia, ¿podemos seguir pensando que las reediciones posteriores de la historieta del Pulgarcito 1894 siguieron manteniendo el apodo de Paco “el Paquidermo” por una cuestión de censura o porque simplemente se recuperaron de esta versión diseñada para el nº 10 de Súper Tio Vivo? La respuesta queda en el aire.



Super Tio Vivo nº 10 (12/II/1973)

 

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